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LimónApps | August 19, 2019

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Svetlana Alexievich: Nobel de la historia omitida

La elección de la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexievich (Ucrania, 1948) como la reciente Premio Nobel de Literatura volvió a remover las brasas en torno a un tema de persistente debate en foros académicos y especializados: el mérito del periodismo o el relato de no ficción ante la naturaleza artística de la literatura.

Formada como periodista en la Universidad de Minsk, sus libros constituyen investigaciones de la especialidad en torno a hechos particulares de la historia de la URSS, su posterior desintegración y el frustrado futuro de sus otrora repúblicas.

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El estilo, no obstante, responde a lo que la Fundación Nobel calificó como “un cuidadoso collage compuesto por voces humanas”, es decir, el relato en función de entrevistas realizadas a los protagonistas de sus historias. Así, en 1985 publicó La guerra no tiene rostro de mujer, que recoge las historias de cientos de mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial, el primero de su serie Voces de la Utopía, que retrata la perspectiva del individuo ante la ilusión colectiva del socialismo.

Le siguió Los muchachos de zinc (1989), que recoge la experiencia de las madres de soldados soviéticos que murieron en Afganistán, y que fueron devueltos a su tierra en ataúdes metálicos. Para ello, la autora recorrió todo el país y entrevistó a decenas de mujeres desoladas por el trágico reguero del “Vietnam soviético”.

Cuatro años más tarde fue el turno de Cautivados por la muerte, un desgarrador recuento del suicidio de quienes que no soportaron el fin del mundo “rojo”.

En 1997 surgió su obra más conocida en Occidente, Voces de Chernóbil: la historia oral de un desastre nuclear, único de sus libros publicado en español, cuyos protagonistas fueron descritos por su autora como víctimas silenciosas de una “Tercera Guerra Mundial nuclear”, doblemente vulneradas por las autoridades de entonces.

Según el diario español El Mundo, tras el accidente atómico silenciado por el Politburó, las víctimas del uranio fueron dispersadas por toda la Unión Soviética, impidiendo cualquier intento de contacto entre ellas y, de paso, su detección por los medios de comunicación internacionales. A esto se sumó el efecto silencioso y a largo plazo de la radioactividad: el cáncer y las eventuales alteraciones genéticas no son patrimonio exclusivo del accidente del Reactor N° IV.

“Este libro no trata sobre Chernóbil, sino sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma”, dijo la autora al diario hispano.

Los entusiastas plantean que la reflexión y ácida crítica de Alexievich a la gran utopía socialista merece un Premio Nobel al periodismo crítico y literario. Para The Guardian, su obra crítica contra las autoridades, durante más de 30 años, primero de la Unión Soviética y luego hacia los líderes de Bielorrusia, Ucrania y Rusia, es justo y merecido.

No dejan de hacer notar, sin embargo, que la también ganadora del Premio Ryszard Kapuściński en 2011 por reportaje literario, obtuviera el Nobel que le fue negado sistemáticamente al periodista polaco, autor de una relevante obra periodística y corresponsal de la agencia de noticias oficial de la Polonia socialista. La columnista Claire Armitstead sugiere que, para los más escépticos, el hecho de que la Academia Sueca nunca premiara al autor de Ébano o El Emperador, es una prueba de que el Nobel sigue siendo un reconocimiento más bien político que artístico.

No parece extemporáneo. Debido a su postura crítica al régimen de Alexandr Lukashenko, recién reelecto presidente de Bielorrusia por quinta vez, la autora reside en Alemania y desde hace 25 años ninguna editorial oficial publica sus libros. No obstante, Lukashenko no pudo abstenerse de felicitarla con un ascéptico mensaje oficial: “Su arte no ha dejado indiferente ni a los bielorrusos ni a los lectores de todo el mundo”, afirmó.

Lejos de las polémicas conceptuales y políticas, Svetlana Alexievich definió su quehacer con escasa pompa y sombrío tono en la afamada Feria del Libro de Frankfurt en 2013, al recibir el Premio de la Paz, entregado por los libreros alemanes. “Básicamente, desde hace casi cuarenta años, cuento siempre la misma historia”, explicó. “Se trata de la crónica ruso-soviética: Revolución, gulag, guerra, Chernóbil… La caída del imperio rojo”.

“A veces me pregunto por qué continúo descendiendo a los infiernos. Creo que lo hago para encontrarme con el ser humano”, sentenció.

Descargue aquí un capítulo de Voces de Chernóbil, desde el diario El País, de España.

 

 

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