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LimónApps | November 20, 2017

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Regreso al horror: relato revisita el bombardeo de Hiroshima

El canto de los pájaros de acero 

Por Paolo Pesce*

I

Desperté angustiada y confundida. Aún era de noche, pues la habitación se encontraba completamente a oscuras, a pesar de que a través de las persianas se filtraba una sutilísima luz azulosa que alcanzaba solo para saber en qué lugar se encontraban las ventanas. Encendí una lámpara y miré la hora: 1:58. Ante la imposibilidad de dormir nuevamente, salí al balcón a fumar un cigarrillo. La noche estaba cálida y el cielo por fin se había despejado. Entre las estrellas, la luna pendía como un hilillo curvo, apenas presente, por lo que la ciudad era difícilmente visible, salvo por un par de ventanas iluminadas en las que algún insomne seguía trabajando. Encendí mi cigarrillo y tras el calor que inundó mi pecho con la primera calada, recordé mi sueño: amanecía recién en Hiroshima y las calles estaban desiertas, como ahora, en absoluto silencio. Las casas parecían abandonadas, al igual que los parques, las tiendas, y todo lo que alcanzaba mi mirada, la tranquilidad me hacía sentir cierto sosiego. Seguí caminando por una larga calle, sintiendo la frescura del alba, cuando Paul apareció frente a mí, quieto y erguido en su traje de militar. Me detuve y toda tranquilidad desapareció. Nos miramos como extraños y, con lágrimas a punto de brotar de sus ojos, levantó su mano derecha con la piel aún al rojo vivo y se despidió. Mi mano izquierda comenzó a arder y a mis espaldas oí un pesado aleteo, como si una cigüeña se acercara hacia mí, volando hasta posarse tras mi cabeza. Me volví y en lo alto vi tres pájaros surcar el cielo hacia el oriente. Los seguí con la mirada, pero el sol matutino me cegó y, por mucho que cerrara los ojos, su luz, intensa y anaranjada, me encandiló hasta sentir que mi cuerpo completo comenzaba a arder.

La ceniza cayó sobre la baranda, incapaz de sostener su propio peso. Di una última calada a lo que quedaba de mi cigarrillo y regresé. Busqué el delantal de manga corta, pues preví que sería un día caluroso, y lo alisté en la mesita de centro junto a la tiara, el guante blanco y el pequeño broche plateado en que se leía, en letras negras: Ayumi Kawana. Enfermera.

II

Teníamos todo listo desde hace días. La espera comenzaba a ser angustiante, pero por fin las condiciones meteorológicas se daban para emprender nuestra misión. El cielo estaba despejado y, aunque el vuelo podría ser complicado debido a que el terreno estaba apenas iluminado por la luna menguante, no había tiempo que perder. Esperé a que los pilotos del Great Artiste y del #91 hubiesen abordado para ocupar mi puesto en el Enola Gay. Robert ya estaba en su asiento, detrás del mío. Lo noté ansioso, no paraba de frotarse las manos a pesar de que no hacía frío aquella noche.

—¿No está nervioso, coronel Tibbets? —preguntó.

—No. Llevo meses esperando por esto.

—No resisto las ganas de comenzar —dijo, con un leve tono de excitación que me incomodó.

Miré mi reloj: 1:58. Faltaban cinco horas para el amanecer, ya era hora de partir. Me puse el casco, que pareció más pesado que otras veces, y me ajusté los guantes. En la derecha, las cicatrices escapaban por los dedos sin cubrir, brillantes y tensos. El recuerdo de la joven japonesa acudió a mi memoria como un puñal, con su piel lechosa, el cabello lacio, los labios delgados y sus pechos pequeños. Recordé el aroma a tabaco y sake, las caricias tímidas, las risitas cohibidas y el vientre tibio; las miradas esquivas, los silencios prolongados, el resabio de la traición amarga y el calor catártico del fuego.

Hice sonar mi cuello, respiré profundo para relajarme y di la señal a los demás. A las 2:00 despegamos con rumbo a Hiroshima.

III

La clínica estaba a rebosar, como había sido costumbre los últimos meses. Aunque Hiroshima había estado a salvo de cualquier tipo de ataque, los heridos de las provincias cercanas eran trasladados aquí, ya que sus hospitales no daban abasto.

Me encontraba haciendo curaciones a la espalda de un niño que aún no cumplía los 10 años, cuando por los altavoces sonó la alerta. Los radares habían detectado aviones extranjeros al sur de Japón, por lo que se dio alarma preventiva a lo largo de las ciudades de la región, incluyendo Hiroshima. Instintivamente miré hacia las ventanas, donde ya comenzaban a reunirse los curiosos, pero solo vi el cielo limpio y claro del amanecer y, al agudizar el oído, tras el silencio ominoso que se hizo en la sala, lo único que logré oír fue el canto de las aves.

A las 7:40 se daba un nuevo comunicado a través de la radio local. Un avión climatológico había sobrevolado la zona y la halló sin rastro de naves extranjeras, por lo que, con alivio, retomamos nuestro ritmo habitual y el ambiente pareció distenderse. Continué con las curaciones a los heridos y al cabo de un rato se me acercó Fumiko, la secretaria del primer piso.

—Ayumi, te ha llegado un telegrama.

—¿Un telegrama? ¿Qué dice?

—No lo he abierto. Está en la recepción… —hizo una pausa. Cuando la miré, prosiguió—. Es del americano.

Terminé de limpiar la herida tan rápido como pude y bajé al primer piso. No pude evitar recordar el sueño de la noche anterior, que volvía como una pesadilla. Comencé a agitarme, y con cada escalón se acrecentaba en mí un mal presentimiento. ¿Por qué me habría escrito? Al llegar a la recepción encontré a Tamane, que estaba recibiendo instrucciones de uno de los médicos. Logré calmarme un poco mientras esperaba, pero al parecer, mi rostro seguía expresando mi angustia.

—¡Vaya, Ayumi! ¿No has dormido bien?

—Tuve un poco de insomnio anoche.

—Ha sido difícil tener un buen descanso este último tiempo —se lamentó—. Creo que a todos nos costará dormir bien esta noche.

—Claro… Dime, ¿ha llegado un telegrama para mí?

El rostro de Tamane se ensombreció y, sin decir palabra, buscó entre los documentos del mesón hasta encontrar el papel sellado, que me tendió en silencio. Lo abrí con impaciencia y leí:

I’ll see you with Little Boy.

Regards, PT.

Sostuve el papel en mi mano temblorosa y lo leí una y otra vez. Miré hacia la puerta de entrada esperando verlo, pero no apareció. ¿A quién se refería con Little Boy? Su mano con las carnes al rojo vivo mientras se despedía volvió una vez más a mi cabeza. Miré a Tamane, que me observaba expectante y temerosa, y volví una vez más al papel, confundida. En la radio sonó nuevamente la introducción a un comunicado; algo sobre los radares y los aviones, que no atendí muy bien. ¿Quién era Little Boy?

—Ayumi… —dijo Tamane, con un hilo de voz. Estaba pálida, como si fuese a vomitar de un momento a otro. Mi primer pensamiento fue buscarle una palangana, pero con un gesto y el dedo en alto me indicó que pusiera atención al entorno.

Escuché pasos apresurados bajando la escalera, el ajetreo de los pisos superiores y el tic-tac del reloj marcando las 8:13; en la calle, uno que otro automóvil, el eco lejano del ladrido de un perro y el último canto de las aves de la mañana. Y en medio de esta cacofonía, abriéndose paso entre todos los demás sonidos, oí un murmullo distante. Tamane lo escuchó también, y su rostro se transfiguró en pánico a medida que, acercándose inexorablemente, el rumor se convertía en el sonido inconfundible del motor de unos aviones.

IV

Eran pasadas las 8 de la mañana cuando, a lo lejos, divisé la ciudad. Seguí el río Ota hasta llegar al delta cercano al cual se encontraba la clínica quirúrgica en la que trabajaba Ayumi, que apareció como un punto gris claro macizo que, si se le prestaba atención, lograba destacarse entre las demás construcciones. Reduje un poco la velocidad y descendí la nave hasta la altura apropiada.

—¡Cuando yo te diga, Robert! ¡Presiónalo cuando yo te lo diga!

—Ya puedo ver el puente Aioi, coronel. En un par de segundos…

—¡Cuando yo te lo diga!

Giré un poco a la izquierda y me posicioné en línea recta hacia el oriente, para pasar exactamente sobre la clínica. Las otras dos naves venían detrás. Descendí un poco más y, sin perder de vista mi objetivo, comencé a contar. «Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno…»

—¡Ahora!

Con un chasquido metálico la bomba se liberó. El avión se sacudió en un vaivén y, mucho más ligero ahora, ganamos altura y velocidad de inmediato, lo que me transmitió una sensación de alivio indescriptible. Puse las hélices a máxima potencia y emprendí la huida. A medida que Little Boy aceleraba en su caída, un agudo silbido comenzó a surcar los aires como un grito de amenaza, cada vez más fuerte como si fuese imposible escapar de él. Por primera vez sentí miedo. Creí que la nave sería incapaz de ponernos a salvo, y cuando me disponía a voltearme a chequear la distancia a la que nos encontrábamos del objetivo, el cielo se encendió en una luz cegadora. Debí cubrir mi rostro con ambos brazos y, un momento más tarde, un estruendo ensordecedor remeció la nave, agitando cada partícula de mi cuerpo.

Cuando por fin pude abrir los ojos, vi que el cielo era rojo como el infierno y oí el crepitar de mil incendios.

—¡Dios mío! ¿¡Qué hemos hecho!? —escuché gritar a Robert.

hiroshima

Me aferré a los mandos de vuelo, ignorando el brillo rojo de mis cicatrices, y dirigí el avión con premura hacia los últimos resquicios de azul, procurando que las lágrimas no interfirieran mi visión.

*Paolo Pesce es estudiante de Cine, de primer año. “El canto de los pájaros de acero” fue elaborado como examen de la asignatura Taller de Creación Escrita, impartido el primer semestre de 2016 por la profesora Ana Castillo. La propuesta de la evaluación consistió en la creación de un relato a partir de un hecho histórico mundial.
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