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LimónApps | November 20, 2017

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La ficción se apodera de la tragedia del Challenger

Los juegos del poder

Por Lisseth Adasme*

Me encontraba sentado, tranquilamente, repasando la agenda de los próximos meses; la Unión Soviética estaba ahora en mis manos y debía hacer todo lo posible por mover adecuadamente cada una de las piezas. Mientras hago algunas anotaciones, se acerca Boris, uno de mis secretarios:

–Señor Gorbachov, todo apunta a que Reagan será nuevamente presidente. También, se espera que nuestra nave Soyuz deba encargarse del traslado de siete tripulantes a la Estación Espacial Internacional, quienes al parecer viajarán en el transbordador Challenger OV-099.

–Ya veo… Boris, ¿cuál es el panorama de los posibles diálogos con Estados Unidos?

–Se espera un pronunciamiento por parte de Dobrynin, señor.

Asentí con la cabeza mientras me reacomodaba en el escritorio. Boris se retiró rápidamente y, al cerrar la puerta, me puse de pie frente a la ventana. Luego de un momento de reflexión, salí de la oficina para ir a un lugar más acogedor: la sala de descanso.

La sala del  Palacio Konstantínovsk era demasiado grande como para ocuparla solamente con cosas mías o de Raísa. A nuestra pequeña hija, Irina Virganskaya –que ya se acercaba a los 8 años–  además de presionarla con las clases infaltables de música y danza, la dejábamos jugar libremente por los alrededores del Palacio. Sin embargo, su lugar preferido para jugar era dicha sala, cuya alfombra se asemejaba a una diminuta geografía mundial flotando en un mar de sangre (el tapete era de color rojo): la Torre Eiffel brillaba a lo lejos, el Big Ben marcaba cada segundo, los canales de Venecia a veces se tragaban pequeñas góndolas, a menos que Irina las cogiera para romperlas en pedacitos. Había miles de réplicas en miniatura. Las mandé a hacer todas para mi hija. Prefería que jugara a conquistar el mundo, a transformarlo, a crearlo o destruirlo y, a veces, cuando me concentraba en observarla, podía tomar fácilmente las más importantes decisiones.

La malograda tripulación del Challenger.

La malograda tripulación del Challenger.

Irina quiere ser presidenta. Dibujó su rostro en varias camisetas y salió a regalarlas a los trabajadores del Palacio. Nadie supone a Irina con un megáfono, pues es mujer y nadie cree que ninguna de su especie pueda gobernar un país tan importante. Cuando era todavía más pequeña le gustaba jugar a la guerra, lo más in para ella era ser guerrillera y colgarse cintas de balas. En los centros comerciales Irina no iba por las muñecas, ella empuñaba pistolas y espadas para cortar cabezas. Eran como repollos rosados o negros; ella los miraba en la tienda de paso pero nunca se detenía a contemplarlos, pues no tenían ojos. Mi hija constantemente decía: “¡Papá! Cuando sea grande, quiero ser como tú”.

Siempre se me informaba con detalle cada acontecimiento global. Por ejemplo, sabía que la NASA estaba a punto de lanzar un transbordador espacial que había sido usado unas nueve veces, y que solamente se habían usado materiales de reciclaje para su reparación. Era un magnífico orbitador que ya había cumplido con sus misiones anteriores. El Challenger era un artefacto envidiable para cualquiera otra nación, se necesitaba de un gran presupuesto y una tecnología avanzada.

Una tarde, mientras mi esposa y yo nos dedicábamos a un momento de ocio, vi a la pequeña entrar llena de tierra a la sala. Como era habitual, caminó alrededor de aquel mapamundi en relieve, sonriendo y observando con curiosidad. Irina sabía, muy en el fondo, que aquella maqueta podía determinar la historia. A veces llegaba a creer que era culpa suya. Solía ocurrir que luego de jugar con su mundito, alguna catástrofe o hecho terrorista salía en las noticias. Recuerdo el día en que cogió un pequeño avioncito y lo tiró a la chimenea porque no le gustaban sus colores. Días después, la noticia de un Boeing que volaba a 9.400 metros y que explotaba cayendo al Océano Atlántico, la horrorizó e hizo que abandonara sus juegos durante semanas.

Era difícil convencerla de que no tenía nada que ver, porque los niños no razonan, y no saben que ese tipo de “magia” no existe. Irina notaba que los elementos de su diminuta civilización iban cambiando. Algunos se modificaban, otros nuevos aparecían, y los que se rompían o dañaban nunca más los volvía a ver. Luego de observar bien toda la maqueta, la pequeña Irina caminó con cuidado hacia un par de torres altísimas que llamaban su atención. Una de ellas tenía una especie de “antena”, y a pocos centímetros se erguía una estatua de color verde. No muy lejos de ahí logró divisar un par de aviones, los cogió y comenzó a sobrevolar el área.

– ¡Mira, papá! Estos avioncitos están vigilando las torres. ¿Qué clase de torres son? Parece haber mucha gente ahí dentro, me decía mientras seguía jugando arrodillada.

–Se llaman Torres Gemelas, pequeña. Ten cuidado, no vaya a ser que choques con alguna de ellas. Efectivamente, cientos de personitas van a trabajar allí todos los días. Se encuentran encerradas en cada una de las ventanas, están ocupadas escribiendo cosas y recibiendo llamadas telefónicas.

Irina no jugó más con los avioncitos y las torres. Un poco más abajo en la alfombra, había divisado un objeto  que no recordaba haber usado nunca. Una estructura de metal soportaba entre sus vigas lo que parecía ser un gran cohete. Los propulsores de color rojo estaban en ambos lados de la nave. Irina había encontrado la réplica del Challenger. Jugó casi toda la tarde con ella, incluso, la sacó del Palacio y corrió por los jardines con la nave entre sus manos.  En esos momentos me dijo que quería ser astronauta, me hizo prometerle que algún día la llevaría al espacio o que, por lo menos, la llevaría a uno de esos lugares desde donde salen las misiones más importantes.

Por razones diplomáticas debía viajar en cuestión de semanas a Estados Unidos, con quienes colaboramos en ciertas misiones de la NASA. Por lo tanto, recibí una invitación de cortesía para asistir al último de sus lanzamientos. Raísa, mi esposa, insistió en que lleváramos a nuestra pequeña hija, a lo cual siempre me opuse debido a que… quizás podía ser un lugar peligroso para una niña de su edad.

Había llegado el día del lanzamiento, y la pequeña Irina se quedó en el Palacio. Raísa y yo haríamos presencia en Cabo Cañaveral, Florida. Cuando llegamos, teníamos asientos VIP reservados, tal y como los padres, amigos y familiares de los tripulantes que acompañarían a sus seres queridos en un acontecimiento realmente importante. Hubo un retraso de un par de horas, al parecer, había una pieza vital que no estaba en las mejores condiciones. Luego de que varios ingenieros (en su mayoría rusos) despreocuparan a todo el personal, volvió a organizarse el escenario para comenzar con la cuenta regresiva.

Minutos después, una impactante noticia daba la vuelta al mundo: “El Challenger se destruyó a los 73 s del lanzamiento de la misión STS-51-L, la décima misión del orbitador, cuando una junta tórica de su cohete impulsor (SRB) derecho falló en su función de estanqueidad. En el momento del despegue, el impulsor derecho deja escapar un humo negro nueve veces en un periodo de 2,5 s y se detiene cuando la nave se impulsa”.

Al regresar al Palacio vimos a una Irina entusiasmada quien sonriendo, corrió alegre hacia nosotros con un cohete destrozado entre las manos.

 

*Lisseth Adasme es estudiante de Periodismo UDD, de primer año. “Los juegos del poder” fue elaborado como examen de la asignatura Taller de Creación Escrita, impartido el primer semestre de 2016 por la profesora Ana Castillo. La propuesta de la evaluación consistió en la creación de un relato a partir de un hecho histórico mundial.

Comentarios

  1. Isabel

    Excelente artículo. Lo tomé desde la alegoría en la que el poder en manos inexpertas, siempre llega a ser catastrófico. ¡Felicitaciones!

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