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LimónApps | December 11, 2017

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El peso del ciberanonimato

marcela-martinez_bnPor Marcela Martínez Jalilie, periodista y profesora de Comunicación Organizacional de Periodismo UDD, Concepción. 

El mensaje que ofendía a una candidata a alcaldesa y que fue publicado hace unos días desde la cuenta Twitter de la Secretaría General de Gobierno, invita a reflexionar más allá del hecho puntual. Pudiera ser que quien, desacertadamente, propagó ese mensaje estaba seguro de que lo hacía desde otra cuenta y no tuviera intención de dejar mal el nombre de dicha cartera.

Independiente de las circunstancias, aún en investigación interna, el hecho llama a pensar sobre lo que afectamos con nuestro actuar, incluyendo el digital.

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El cuestionado Twitter emitido desde una cuenta oficial del Gobierno

Las redes sociales han abierto un sinfín de posibilidades de conexión, instantaneidad y también de información. Los datos de Transparencia, más una búsqueda en la web, permiten saber mucho más sobre lo que piensan, hacen y dicen las personas que son parte del Estado.

También trasciende a las compañías privadas, las que cada vez consideran más el contenido de las redes sociales de sus colaboradores pues, de alguna forma, dan acceso a las verdaderas prioridades y valores de cada uno, difícil de conocer en una entrevista de trabajo.

Pareciera que la verborrea digital impide tener conciencia de la inseparable relación entre nombre, cargo y dichos, ya que el comportamiento en las redes debe ser guiado por protocolos internos que promueven organismos y empresas buscando resaltar que con cada dicho se expone también la firma para que trabajamos.

Recientemente a los periodistas del New York Times se les pidió no opinar sobre temas políticos en sus medios sociales para “evitar una mala reputación por parte de sus lectores, así como pérdida de credibilidad y objetividad”.

Entonces, ¿quiere decir que ya no se puede decir nada a título personal?

Querámoslo o no, nuestras afirmaciones siempre estarán ligadas a la totalidad que conforma nuestra persona. No podemos aislar los ámbitos de los que somos parte para decir un improperio y volver a vincularnos a ellos cuando hacemos un comentario inteligente.

Cada manifestación –por el medio que fuere– acarrea familia, trabajo, amigos… Y todo aquello con lo que se tenga algún tipo de relación. Finalmente, la persona es una integración total, una suma de los espacios que son parte de su vida en los que influye lo que esta comunica.

La integridad y consecuencia individual son puestas a prueba con más exigencia por el juez-ciudadano quien, gracias a la hiperconectividad de la era de la información, tiene a la vista más y más claros antecedentes para decidir si emite un “Me gusta”.

Una segunda lectura llama a ser responsables de lo que se manifiesta, porque lo escrito permanece y las acciones quedan registradas. No se trata de fingir comportarse correctamente o reprimir la libertad de expresión porque alguien pudiera estar grabando. Al contrario, apunta a la más pura esencia de esta, que es hacerse cargo de lo dicho y hecho, en vez de tratar de burlarlo con el ciberanonimato.

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